27 feb. 2008

Viejas Historias, Nuevos Espacios -Capítulo III


por: Heriberto Cruz
















De las ruinas de su naturaleza, vislumbraba la troje, lejana y tardía, gigante de sus aspados molinos. Y como cada noche recordaba al caballero de la armadura de sal, de las nuevas historias y de las viejas andanzas.
Revivía a su desgastado quijote, derretido, hecho de la sal de sus historias y de su locura invadido. Le recuerda teñido de la desazón y remilgado. Le recuerda abatido, de los hombros marcado, viejo prisionero de las quimeras y de su hado.
Le recuerda amable, seducido, y a veces, introvertido, no de largos brazos pero si de continuas caricias, de noches en celo, de poemas desgajados, de sombrío pasado.
Le piensa siempre enamorado, en hinojos, blandiendo en sus labios el pecado y buscando sobre sus nalgas la existencia de sus manos.
Le recuerda siendo la trabe del sentimiento y el deseo, despierto hereje, apasionado de su cuerpo. Muro de sus lamentaciones y de su tiempo. Parecía, a veces, sólo el más cuerdo.
Repasaba su pecho y su erguida bandera, anclada entre sus piernas, le pensaba paisaje blanco y parte de su viaje. Le creía la orilla y confín de su mundo de viejos amores, de los cuales seguía pagando peaje.
Todo se olvido, el pasado quedó enterrado, bajo el peso de sus cuerpos, calientes, sinuosos, hambrientos, deseosos, haciendo mella sobre el pajar del tinglado.

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