25 feb. 2008

Viejas Historias, Nuevos Espacios -Capítulo II


por: Heriberto Cruz
















“… te invoco de mis prisiones cargado, de los demonios prisionero, atado, torturado, pero nada se compara a las cadenas que me custodian maniatado al deseo de tu cuerpo, a la extrañeza de tus caricias y a tus labios.
Recuerdo el viejo diván, donde escondido, te veía lozana con olor de la virginidad primavera sobre tu vida, y no es que no te hubieren amado, es que no sabían como amarte: ¡Fueron unos pendejos! Por no conservarte, por no enamorarte.
Recuerdo la sinuosidad de tus veredas, la textura de tu verde pasto, del césped inclinado sobre el abrevadero de tu vientre. Te recuerdo entre los claroscuros del atardecer y la corteza dorada de los pinos y los cedros, me sabía la geografía de tu cuerpo, de mi tierra, del inminente relieve de tu deseo.
Revivo en cada puesta de sol, el ángelus de tu pecho y tus pezones sonrosados que aluden a la libertad del alma y del cuerpo, de aquella tan preciada y de la que ahora carezco.
¡Cuánto la deseo!
Desearía haber sido más hombre para estar contigo, hacerte más mujer, y no porque sea el principio masculino, tan sólo, tan sólo para llevarte al paraíso de mí nombre y hacerte tu castillo y tejerte una alborada que nos sorprendiera, montado uno arriba del otro, en cada madrugada.
Te amo profundamente, desde lo más hondo de mi alma”.
Se abrazo a la carta, a pesar de todo se sentía la más amada… encamino a la cocina, era de tarde y tal vez, sólo tal vez, él regresaría al despuntar el alba.

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